lunes, 28 de enero de 2008

El Viejo y el Mar

Acabo de soltar el libro que estaba leyendo. Recojo el sedal y traigo hacia mí esa criatura mítica que da brincos entre sus párrafos. Cierro los ojos, inhalo el olor a salitre que llega desde muy lejos, y descanso. Han sido cuatro arduos días de viaje marítimo ... o al menos eso es lo que siento después de haber leído "El Viejo y el Mar" de Ernest Hemingway.
Hemingway escribió dicha novela por encargo de la revista Life en el año 1952. Seguramente, no imaginó entonces que, un año después, recibiría el Premio Pulitzer por ella.
"El Viejo y el Mar" cuenta una historia simple y poderosa, en un lenguaje simple y poderoso. Ya sé, otra vez la cuestión de la simplicidad... les aseguro que se debe a una mera casualidad. O tal vez no. Tal vez hay un común denominador en la elección de mis últimas lecturas, una brújula literaria, que aunque invisible me guía siempre en la misma dirección. Volvamos al cauce. El viejo es, en este libro, Santiago, un pescador cubano que vive en la mayor pobreza. Sin embargo, al viejo eso no le importa, enfrenta un día a la vez y se dedica, con paciencia y perseverancia, a lo único que ha hecho toda su vida: pescar.
Esta novela me recuerda en muchos puntos a "Moby Dick", pero va más allá de los planteos de aquella. O, al menos, eso es lo que sentí al leerla. Su protagonista se enfrenta al Mar, al gran pez, a los depredadores, a la soledad, al cansancio. Lucha contra las fuerzas de la Naturaleza y de la Vida, lucha contra sí mismo como ser vivo; es pura voluntad. Surge una ineludible falta de sosiego mientras la historia se desenvuelve, y también una gran expectativa. Acompañamos a Santiago en su esfuerzo, en su dolor,en esa búsqueda incansable; queremos estar ahí, con él, cuando consiga su proeza. Deseamos que la voluntad humana gane ante las adversidades... sería algo muy bueno, nos daría esperanzas.
Cuando uno lee un libro y se involucra de esta forma, al punto de casi poder palpar los objetos que se describen, de percibir las impresiones sensitivas que acaso sintiera el personaje, podemos decir con absoluta certeza "es un libro excelente". Y si aún cabe la menor duda, basta con tener en cuenta su resonancia... el eco que deja en nuestros sentidos por los próximos días, meses y, ¿porqué no?, años.

"El Viejo y el Mar" ( "The Old Man and The Sea" 1952)

..."No se sentía realmente bien, porque el dolor que le causaba el sedal en la espalda había rebasado casi el dolor y pasado a un entumecimiento que le parecía sospechoso. Pero he pasado cosas peores, pensó. Mi mano sólo está un poco rozada y el calambre ha desaparecido de la otra. Mis piernas están perfectamente. Y además ahora te llevo ventaja en la cuestión del sustento.

Ahora era de noche, pues en septiembre se hace de noche rápidamente después de la puesta de sol. Se echó contra la madera gastada de la proa y reposó todo lo posible. Habían salido las primeras estrellas. No conocía el nombre de Venus, pero la vio y sabía que pronto estarían todas a la vista y que tendría consigo a todas sus amigas lejanas.

-El pez es también mi amigo- dijo en voz alta- Jamás he visto ni he oído hablar de un pez así. Pero tengo que matarlo. Me alegro de que no tengamos que tratar de matar las estrellas.

Imagínate que cada día tuviera uno que tratar de matar a la luna, pensó. La luna se escapa. Pero ¡imagínate que tuviera uno que tratar diariamente de matar al sol!. Nacimos con suerte, pensó

Luego sintió pena por el gran pez que no tenía nada que comer y su decisión de matarlo no se aflojó por eso un instante. Podría alimentar a mucha gente, pensó. Pero ¿serán dignos de comerlo?. No, desde luego que no. No hay persona digna de comérselo, a juzgar por su comportamiento y su gran dignidad.

No comprendo estas cosas, pensó. Pero es bueno que no tengamos que tratar de matar al sol o a la luna o a las estrellas. Basta con vivir del mar y matar a nuestros verdaderos hermanos."...

Fragmento extraído de "El Viejo y el Mar" ("The Old Man and The Sea"1952), Ernest Hemingway. DeBolsillo (editorial Sudamericana), 2007. Traducción de Lino Novas calvo. Prólogo de Juan Villoro.