No he leído suficiente de Cortázar para escribir un artículo sobre él, ni siquiera para intentar una opinión. Sin embargo, me veo en la obligación de dejar en este blog aunque más no sea un par de baldosas dibujadas con tiza. Pequeñas islas donde aguardar hasta que pueda transitar todo el camino dorado que propone este Mago de Oz.
¿Por qué he leído tan poco de un autor que se considera tan importante? Por la simple razón de que he sido, hasta hace muy pocos años, ferviente lectora de literatura clásica. Hace a penas unos cuatro años que estoy leyendo autores latinoamericanos y contemporáneos, de acá y de más allá. Hubieron algunas excepciones, como Gabriel García Márquez; pero generalmente solía leer libros escritos antes del siglo XX. No fue algo intencional de mi parte, se dió así.
Hay sin embargo, un segundo motivo por el cual esquivo al autor de "Rayuela". Y es que le temo.
Temo su estilo y subyugante narrativa. Temo, como escritora que aún se está creando a sí misma, verme a la sombra de su genio. Hay autores que impactan irremediablemente en quienes los leen... Y es una sensación maravillosa, inigualable... Pero como escritor ese lector puede verse seriamente malherido. Puede quedar agonizante; arrastrándose sobre las piedras, estirando los dedos para intentar alzanzar con las yemas algo de ese halo, de esa luz redactada que ondula tan cerca suyo. Julio Cortázar hubo uno, pero seguramente muchos intentaron imitarlo... Voluntaria e involuntariamente; temo ser de estos últimos.
Ahora el muestrario, las islas:
"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja."
Capítulo Nº7- Rayuela (1963)
"Cuando siento que voy a vomitar un conejito, me pongo los dedos en la boca como una pinza abierta, y espero sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejito de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocio contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado."
Carta a una señorita de París- Bestiario (1951)
"Nocturno"
Tengo esta noche las manos negras, el corazón sudado
como después de luchas hasta el olvido con los ciempiés del humo.
Todo ha quedado allá, las botellas, el barco,
no sé si me querían, y si esperaban verme.
En el diario tirado sobre la cama dice encuentros diplomáticos,
una sangría exploratoria lo batió alegremente en cuatro sets.
Un bosque altísimo rodea esta casa en el centro de la ciudad,
yo sé, siento que un ciego está muriéndose en las cercanías.
Mi mujer sube y baja una pequeña escalera
como un capitán de navío que desconfía de las estrellas.
Hay una taza de leche, papeles, las once de la noche.
Afuera parece como si multitudes de caballos se acercaran
a la ventana que tengo a mi espalda.
como después de luchas hasta el olvido con los ciempiés del humo.
Todo ha quedado allá, las botellas, el barco,
no sé si me querían, y si esperaban verme.
En el diario tirado sobre la cama dice encuentros diplomáticos,
una sangría exploratoria lo batió alegremente en cuatro sets.
Un bosque altísimo rodea esta casa en el centro de la ciudad,
yo sé, siento que un ciego está muriéndose en las cercanías.
Mi mujer sube y baja una pequeña escalera
como un capitán de navío que desconfía de las estrellas.
Hay una taza de leche, papeles, las once de la noche.
Afuera parece como si multitudes de caballos se acercaran
a la ventana que tengo a mi espalda.
