
Hace poco leí en algún sitio, no recuerdo dónde (probablemente en algún blog o suplemento cultural), sobre el tiempo que desperdiciamos diariamente y que podríamos dedicarle a la lectura. El artículo hablaba de los viajes en subte, colectivo o tren, de las esperas y cuánto tiempo acumulan a lo largo de un año o una vida. Y me hizo pensar en una viejo impedimento que tengo como lectora: no puedo leer en espacios públicos, salvo quizás el diario o alguna poesía suelta.
Tampoco puedo leer en bibliotecas públicas, aunque esto bien puede deberse al hecho de no haber encontrado una en la cual me sienta cómoda.
Me gusta estar sola cuando leo, puedo hacerlo al aire libre o confinada en mi cuarto, pero es imperioso que no hayan otras personas cerca; así como también que no haya algún compromiso u horario que cumplir de forma inmediata. Necesito abandonarme, entregarme a la lectura, aunque sea por poco tiempo.
Muchas veces leo en la cama; pero no como antesala al sueño. Me sitúo en la cama como si ésta fuera una isla y me desparramo a gusto. Lo importante es sentirme a gusto, rodearme de papeles y papelitos que uso para marcar páginas y registrar frases o palabras, o bien alguna libretita donde hacer anotaciones. A veces, también traigo otros libros que sé que no he de leer en ese momento, pero me da un placer adicional el tenerlos ahí... Me vence la gula bibliofílica; los coloco al alcance, como una especie de cesta llena de frutas jugosas, sabiendo de antemano que he de quedar satisfecha antes de poder devorarlos en su totalidad. Llego rápidamente a dos conclusiones: primero, que soy una lectora del ámbito privado y, segundo, que soy una lectora hedonista.
Pero bueno, teniendo en cuenta que los libros son mi gran pasión, no veo que esté tan mal que ese momento de deleite sea sólo para mí. Por otra parte, el tiempo que empleo para trasladarme en subte o tren, por ejemplo, cumple una función vital y, muchas veces, menospreciada: la contemplación del otro y del todo, el descubrimiento del detalle fútil y las coincidencias incoducentes, y ese vagabundeo mental que termina alimentando algunos de mis versos. Pensar, aún cuando con ello no alcancemos una idea original o bien, el saber , siempre es algo bueno.
¿Ustedes dónde leen?
Nunca me dormí leyendo, pero la imágen que adjunté a esta entrada me provocó ganas de ir a dormir una siesta.