viernes, 31 de diciembre de 2010

Felíz Año Nuevo



Mis mejores deseos para todos mis amigos lectores.
¡Gracias por haberme acompañado durante el año que finaliza!







sábado, 20 de noviembre de 2010

Cometas en el cielo



Seis o cinco años atrás, escuché hablar de una novela llamada "Cometas en el cielo" (The kite Runner); era un éxito de ventas, y se la adjetivaba como: "fuerte", "violenta", "dramática", "emotiva", etc, etc, etc. Lo cierto es que a mí, personalmente, me había intrigado el título. Acababa de iniciar la escritura de un nuevo poemario al cual había decidido llamar "El país de los barriletes" ( acá en Argentina nos referimos a las cometas como barriletes) y, justamente, se trata de un conjunto de poemas que tienen como tema central a la infancia (infancia-abandono, infancia-violencia, infancia-nostalgia, infancia-sueño, infancia-juego, infancia-familia: infancia.) Entonces me dije "Qué curioso" porque me habían comentado que la historia giraba en torno a dos niños afganos. Pasaron los años, ya no sa hablaba tanto del libro y salió otro del mismo autor, llamado "Mil soles espléndidos". Me dije: ¡Qué título maravilloso, extremadamente poético! Tengo que leer alguna de estas novelas" Así, en imperativo, tengo qué. En fin, cuestión que recién hace unos cuatro meses leí la primer novela de Khaled Hosseini.
Han sido muchas sensaciones encontradas. Por empezar, dejé, intencionalmente, que pasara cierto tiempo desde su lectura, porque deseaba saber cómo me iba a sentir al respecto cuando el primer impacto se hubiese disipado.
Apenas comencé a leer el libro, me di cuenta de que no me encontraba ante una obra maestra de estilo; era, a fin de cuentas, un libro de lectura bastante accesible, que fluía sin mayores pretensiones. También aparecieron las señales de alerta, que anunciaban la naturaleza del hecho dramático central del argumento... O sea, el autor me preparaba, o no tanto, para el golpe bajo que llegaría inexorablemente. Y digo no tanto, porque en realidad el autor no advierte, sino que prepara un clima expectante que realza el efecto dramático. Llego al séptimo capítulo, donde cobra sentido el nombre del libro... Y ¡zas! me asesta el golpe, yo, que no me hago a un lado, lo recibo de plano. Pero era evidente, me digo, por qué otra razón se hubiera empecinado el autor , una y otra vez, en hablar del bueno de Hassan. Hassan el nene hazara, que es leal en el maltrato, que se muestra siempre honesto y humilde, noble con los villanos, sonriente y valiente en medio de la injusticia... Hassan es, por momentos, inverosímil de bueno. Hassan, el de la cara redonda y los ojos achinados, Hassan el buen amigo. Y uno, leyendo, se va diciendo "¿Qué va a pasarle a Hassan?"... Y uno mira con desconfianza al protagonista de la historia, a ese narrador en primera persona: Amir, el niño afgano de buena familia, el señorito que busca ser reconocido como hijo de su padre. Intuímos, sabemos, que no está a la altura de las circunstancias. Nos damos cuenta rápidamente de que no es tan honesto, ni tan noble, ni tan valiente como Hassan... No es buen amigo. Pienso "de cobardes está lleno el infierno" y me resigno ante lo inevitable.
Pero no, no todo se resume al capítulo séptimo. Quedarían muchos golpes bajos por venir. En cierta forma, el que sean varios, hace que cada vez sea más fácil digerirlos o, incluso, tragarlos sin masticar. Me quedó además la sensación de que me jugó en contra mi sensibilidad hacia determinados temas. Otros, creo, no deben haber estado tan predispuestos a sufrir con el argumento. Un mes después de leerlo seguía emocionalmente afectada; no tanto por el libro en sí, sino porque sé que la realidad de muchos niños, en Afganistán y en tantos otros sitios del mundo, se parece demasiado a la de Hassan... Y hasta la superan en violencia y dolor.
La novela no es amable, y tampoco respetuosa. Es políticamente correcta por momentos, en demasía, y en otros no tanto. Y, sin embargo, cosas para apreciar positivamente encontré varias: el antihéroe que encarna el protagonista; su culpa, su intento de redención a medias, que lo hacen más creíble y, asimismo, no le permite al lector sacarse el malestar de encima. No todo puede revertirse en la vida. No todo mal puede borrarse. Y nos deja un final, casi feliz; o bien, todo lo feliz que una historia, como la narrada, nos permite imaginar. No es un final alegre, pero nos deja entrever que, más tarde, quizás lo sea.
Otro aspecto a destacar me pareció la mención de ese eterno conflicto psicológico con la figura del padre. La búsqueda de la propia identidad frente a un padre que se muestra, o se percibe, omnipotente, infalible. La necesidad de ser reconocido por él, en ese camino tortuoso que se incia en la pubertad y, supuestamente, termina en la edad adulta. Y todo lo bueno, y todo lo malo que hacemos por, desde y para nuestros padres.
Hace cuatro meses la novela me impactó. Hoy, cuatro meses después, pocas imágenes de la misma me quedan. Es un buen libro si uno siente que está emocionalmente entumecido. Si se busca una lectura reflexiva, no creo que sea la mejor opción. Sin embargo, no lean mis palabras con tono ácido; no es esa mi intención. Disfruté este libro, aunque no lo considere relevante ante el paso del tiempo. Lo volvería a leer. Y sí, la novela hace pie en aspectos reales de la sociedad afgana... Y no, no creo que sea una novela testimonial. Notas de color étnico y drama. Y las cometas, por supuesto... Cometas que, en este caso, tienen un hilo revestido de vidrio molido. Imagínense.


Fragmentos...


"La tradición local cuenta que, una vez, mi padre luchó en Baluchistán contra un oso negro sin la ayuda de ningún tipo de arma. De haber sido cualquier otro el protagonista de la historia, habría sido desestimada por laaf, la tendencia afagana a la exageración; por desgracia, una enfermedad nacional. Cuando alguien alardeaba de que su hijo era médico, lo más probable era que el muchacho se hubiese limitado a aprobar algún exámen de biología en la escuela superior. Sin embargo, nadie ponía en duda la autenticidad de cualquier historia relacionada con Baba.Y si alguien la cuestionaba, bueno, Baba tenía aquellas tres cicatrices que descendían por su espalda en un sinuoso recorrido. Me he imaginado muchas veces a Baba librando esa batalla, incluso he soñado con ello. Y en esos sueños nunca soy capaz de distinguir a Baba del oso."


"Un mínimo de dos docenas de cometas surcaban ya el cielo. Eran como tiburones de papel en busca de su presa. En cuestión de una hora, la cantidad se dobló y el cielo se pobló de brillantes cometas rojas, azules y amarillas. Una fresca brisa revoloteaba en mi cabello. El viento era perfecto para volar, soplaba con la fuerza justa para sustentar la cometa arriba y facilitar los barridos. A mi lado, Hassan sujetaba el carrete, con las manos ensangrentadas ya por el hilo"


de "Cometas en el Cielo", Khaled Hosseini. Ediciones Salamandra, 2009.

domingo, 31 de octubre de 2010

Entre fantasmas y calabazas

Imagen perteneciente al sitio web PoeticHome



Miedo
Pánico
Terror

¿Alguien no ha conocido alguna de estas emociones?¿Alguien no las ha conocido todas?

Desde un simple exámen, pasando por la primer cita, la entrevista laboral, la factura de gas invernal, hasta llegar a ese retrato polvoriento que hay colgado en cierta pared en casa de nuestra abuela, si uno mira ese retrato a medialuz, les aseguro, una sonrisa grotesca aparece súbitamente; infinidad de situaciones pueden provocarnos pavor y hacernos temblar como si nuestro esqueleto no fuese más que un recuerdo.

Y, claro, todo empieza en la infancia. Las primeras pesadillas, los gritos enmudecidos, los sudores nocturnos.
Cuando era pequeña, mis hermanos menores solían acercarse a mi cuarto a mitad de la noche. Si un mal sueño interrumpía su descanso, o el recuerdo de aquella película de terror vista a escondidas saltaba sobre su almohada, llegaban sigilosos hasta mi cama. Era eso o acudir a mamá, pero ella compartía el lecho con alguien más: papá. Éste, sin ser demasiado estricto, consideraba como un acto de cobardía mayúsculo el que uno se sometiera al miedo; nada de dormir acompañado o compartir cama, cada uno en su lugar y, como toda luz, el uso de la razón. Esta situación tenía un agravante, que mi padre, por pertenecer a una fuerza de seguridad y estar acostumbrado a realizar guardias nocturnas, tenía el sueño muy ligero... Con lo cual cualquier intento de incursión en su habitación podía ser descubierto antes de lograr su cometido: despertar a mamá y arrastrarla hasta nuestra cabecera. Es por todo esto que mis hermanos acudían a mí, su hermana mayor. Pero también se les presentaba un nuevo inconveniente conmigo, le temían a mi habitación.Repleta de adornos, libros viejos, muñecas y muñecos, les parecía que la mitad de los objetos que habían en ella cobraban vida al caer la noche. Entonces, la mejor solución era llevarme hasta su propio cuarto, persuadida por sus ruegos llorosos y susurrantes.
Pero a decir verdad, no eran ellos los únicos que tenían miedo. Y, en más de una ocasión, yo misma me sentí agradecida de poder abandonar aquellos ojos que se volvían extremadamente brillantes en la oscuridad... O aquel rechinar de la puerta del viejo armario. A veces, sin embargo, no me quedaba más que repetir el viejo ritual de niña aterrorizada en la oscuridad. Aferrarme a la sábanas con fuerza y llevarlas por encima del mentón, y cerrar los ojos como si mi vida dependiera de ello... Hasta que, sea lo que fuere, que yo sentía ahí parado junto a mí, desapareciese. Y mientras, sentir el golpeteo incesante de mi corazón bombeando a todo vapor, el leve sudor humedeciendo mi frente, y mis nudillos convertidos en blancas piedritas de espanto.
¡El amanecer qué benévolo se nos presenta tras noches como ésas!. Un bálsamo piadoso se derrama desde la ventana con la claridad del día. Descanso al fin.

Afortunadamente, los años han pasado... Ahora puedo encender la luz a mi antojo... Y, ¿por qué no? ponerme a leer un relato de terror con fantasmas a los que nada les debo, y vampiros que sólo beben sangre, y no sueños.



"La larva"
Rubén Darío


Como se hablase de Benvenuto Cellini y alguien sonriera de la afirmación que hace el gran artífice en su Vida, de haber visto una vez una salamandra, Isaac Codomano dijo:

-No sonriáis. Yo os juro que he visto, como os estoy viendo a vosotros, si no una salamandra, una larva o una ampusa.
Os contaré el caso en pocas palabras.
Yo nací en un país en donde, como en casi toda América, se practicaba la hechicería y los brujos se comunicaban con lo invisible. Lo misterioso autóctono no desapareció con la llegada de los conquistadores. Antes bien, en la colonia aumentó, con el catolicismo, el uso de evocar las fuerzas extrañas, el demonismo, el mal de ojo. En la ciudad en que pasé mis primeros años se hablaba, lo recuerdo bien, como de cosa usual, de apariciones diabólicas, de fantasmas y de duendes. En una familia pobre, que habitaba en la vecindad de mi casa,ocurrió, por ejemplo, que el espectro de un coronel peninsular se apareció a un joven y le reveló un tesoro enterrado en el patio. El joven murió de la visita extraordinaria, pero la familia quedó rica, como lo son hoy mismo los descendientes. Aparecióse un obispo a otro obispo, para indicarle un lugar en que se encontraba un documento perdido en los archivos de la catedral. El diablo se llevó a una mujer por una ventana, en cierta casa que tengo bien presente. Mi abuela me aseguró la existencia nocturna y pavorosa de un fraile sin cabeza y de una mano peluda y enorme que se aparecía asola, como una infernal araña. Todo eso lo aprendí de oídas, de niño. Pero lo que yo vi, lo que yo palpé, fue a los quince años; lo que yo vi y palpé del mundo de las sombras y de los arcanos tenebrosos.
En aquella ciudad, semejante a ciertas ciudades españolas de provincia, cerraban todos los vecinos las puertas a las ocho, y a más tardar, a las nueve de la noche. Las calles quedaban solitarias y silenciosas. No sé oía más ruido que el de las lechuzas anidadas en los aleros, o el ladrido de los perros en la lejanía de los alrededores.
Quien saliese en busca de un médico, de un sacerdote, o para otra urgencia nocturna, tenía que ir por las calles mal empedradas y llenas de baches, alumbrado apenas por faroles de pétroleo que daban luz escasa colocados en sendos postes.
Algunas veces se oían ecos de música o de cantos. Eran las serenatas a la manera española, las arias y romanzas decían, acompañadas con la guitarra, las ternezas románticas del novio a la novia.Esto variaba desde la guitarra sola y el novio cantor, de pocos posibles, hasta el cuarteto, septuor, y aún orquesta completa y un piano, que tal o cual señorete adinerado hacía sonar bajo las ventanas de la dama de sus deseos.
Yo tenía quince años, un ansia grande de vida y de mundo. Y una de las cosas que más ambicionaba era poder salir a la calle, e ir con la gente de una de esas serenatas. Pero ¿cómo hacerlo?
La tía abuela que cuidó de mi niñez, una vez rezado el rosario, tenía cuidado de recorrer toda la casa, cerrar bien todas las puertas, llevarse las llaves y dejarme bien acostado bajo el pabellón de mi cama. Más un día supe que por la noche habría una serenata. Más aún: uno de mis amigos, tan joven como yo, asistiría a la fiesta, cuyos encantos me pintaba con las más tentadoras palabras. Todas las horas que precedieron a la noche las pasé inquieto, no sin pensar y preparar mi plan de evasión. Así, cuando se fueron las visitas de mi tía abuela- entre ellas un cura y dos licenciados- que llegaban a conversar de política o jugar al tute o al tresillo, y una vez rezadas las oraciones y todo el mundo acostado, no pensé sino en poner en práctica mi proyecto de robar una llave a la venerable señora.
Pasadas como tres horas, ello me costó poco pues sabía en dónde dejaba las llaves, y además, dormía como un bienaventurado. Dueño de la que buscaba, y sabiendo a qué puerta correspondía, logré salir a la calle, en momentos en que, a lo lejos, comenzaban a oírse los acordes de violines, flautas y violoncelos. Me consideré un hombre. Guiado por la melodía, llegué pronto al punto donde se daba la serenata. Mientras los músicos tocaban, los concurrentes tomaban cerveza y licores. Luego, un sastre, que hacía de tenorio, entonó primero A la luz de la pálida luna, y luego Recuerdas cuando la aurora... Entro en tantos detalles para que veáis cómo se me ha quedado fijo en la memoria cuanto ocurrió esa noche para mí extraordinaria. De las ventanas de aquella Dulcinea, se resolvió ir las de otra. Pasamos por la plaza de la Catedral. Y entonces... He dicho que tenía quince años, era en el trópico, en mí despertaban imperiosas todas las ansias de la adolescencia... Y en la prisión de mi casa, de donde no salía sino para ir al colegio, y con aquella vigilancia, y con aquellas costumbres primitivas... Ignoraba, pues, todos los misterios.Así,¡cuál no sería mi gozo cuando, al pasar por la plaza de la Catedral, tras la serenata, vi, sentada en una acera, arropada en su rebozo, como entregada al sueño, a una mujer! Me detuve.
¿Joven?¿Vieja?¿Mendiga?¿Loca?¡Qué me importaba! Yo iba en busca de la soñada revelación, de la aventura anhelada.
Los de la serenata se alejaban.
La claridad de los faroles de la plaza llegaba escasamente. Me acerqué. Hablé; no diré que con palabras dulces, más con palabras ardientes y urgidas. Como no obtuviese respuesta, me incliné y toqué la espalda de aquella mujer que no quería contestarme y hacía lo posible por que no viese su rostro. Fui insinuante y altivo. Y cuando ya creía lograda la victoria, aquella figura se volvió hacia mí, descubrió su cara, y ¡oh espanto de los espantos! aquella cara estaba viscosa y deshecha; un ojo colgaba sobre la mejilla huesona y saniosa; llegó a mí como un relente de putrefacción. De la boca horrible salió como una risa ronca; y luego aquella "cosa", haciendo la más macabra de las muecas, produjo un ruido que se podría decir así:
-¡Kgggggg!...
Con el cabello erizado, di un gran salto, lancé un gran grito. Llamé.
Cuando llegaron algunos de la serenata, la "cosa" había desaparecido.
Os doy mi palabra de honor, concluyó Isaac Codomano, que lo que os he contado es completamente cierto.


Extraído de "Verónica y otros cuentos fantásticos" de Rubén darío, Editorial Alianza, 1995.

viernes, 15 de octubre de 2010

Agua

"La gran ola de Kanagawa" de Katsushika Hokusai



Esta célebre imagen me hizo cambiar lo que iba a escribir a partir de esta línea.
Una ola gigantesca, feroz, se alza como una garra sobre las frágiles embarcaciones. Desconociendo la obra de Hokusai, uno podría pensar que aquí da muestras de ser esclavo de su tiempo. Un artista del siglo XIX mostrando la fuerza incontenible de la naturaleza... Esa fuerza anárquica, irracional y salvaje que el hombre por fin llegaba a domesticar a través de la revolución industrial y el desarrollo de maquinaria. Pero no es así, Hokusai sólo nos muestra uno de los tantos rostros de una naturaleza que observaba con fascinación y reverencia... ¿Acaso deja de ser una ola de gran belleza por su ánimo crispado?.
Entonces pienso en ese hombre moderno regocijándose en autosatifacción, proclamándose vencedor frente a la tiránica naturaleza. Ese hombre que parece decir "¡Miren! ¡He podido domar a la bestia!"...¿Por qué?. Miles de años atrás busco mi respuesta. Recuerdo a Jack London y su "Antes de Adán" hablando de miedos que sobreviven al cuerpo y se incorporan al proceso evolutivo. Los primeros seres humanos, los últimos homínidos, luchando por sobrevivir. Amenazados por otros animales, por tormentas, por el frío y el viento... Y esa bestia azul de garras ondulantes. Miedo acumulándose en sus células, impotencia también. Sobrevivir hasta el día en que pudiesen dejar de temerles.Pensándolo así, concluyo, caprichosamente, que el deseo del hombre por modificar y someter su entorno responde más a una necesidad primitiva y emocional que al exaltado triunfo de la razón y la civilización.
Y acá estamos, un par de siglos después, implorándole a la bestia malherida que resista. Aterrados ante la idea de que muera; sabiendo que hemos de morir con ella.

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Agua.
H2O
Océanos, mares, ríos, lagos, lagunas, arroyos, manantiales, fuentes.
Fuentes.
Agua,
fuente de vida.

Siempre escuché esa afirmación "Agua, fuente de vida". Y cada vez pensé "Por supuesto, ¿no es el agua dónde dicen los biólogos que empezó la vida? ¿no está por eso el planeta tierra compuesto en mayor parte por agua?¿no es el agua condición indispensable para que todo ser vivo siga siéndolo?".
Agua, fuente de vida. ¿Pero qué tipo de fuente? Me pregunto en este instante. Fuente como principio u origen de algo, evidentemente. Sí, evidente. Lo dejo ahí.
Agua como principio u origen de vida. Acá me doy cuenta de que estoy complicada porque acabo de ingresar al territorio de una de mis grandes incertidumbres. ¿Qué es la vida?¿la vida nos precede o sólo existe a través de quienes la contenemos y podemos hacer uso de ella?¿ o la vida nos contiene y sólo somos una manifestación de ella?. No importa ahora. Me acabo de enterar de que la vida se origina en el agua y yo soy posterior a ella. Y me doy cuenta de que no puedo disociarlas de ninguna manera. Agua-vida.
Pero hoy estoy hablando del agua para suscribir al Blog Action Day, para llamar la atención sobre algo que nos tiene a muchos preocupados: el agua como recurso natural y sus problemas. El agua siendo contaminada. El mal uso del agua. La falta de agua.
Hoy estoy hablando de la vida siendo contaminada. El mal uso de la vida. La falta de vida.
Pocos se atreverían a decir en voz alta, y con total soltura, que la vida puede venderse embotellada en una góndola de supermercado. O que pueden usarse millones de vidas para extraer oro... No, al menos, desde la época de la colonia. Hay que ser políticamente correctos.
Sin embargo, por ejemplo, se emplean más de un centenar de litros de agua potable, e incluso agua pura de manantiales cordilleranos, para extraer oro... Más de un centenar de litros por segundo. Miles por hora. Millones de litros en un día.

Hace dos días el mundo entero festejaba el rescate éxitoso de los treinta y tres mineros atrapados en una mina de oro, en Chile. Todos nos alegramos. ¿Quién, además de los directivos de la minera, pudieron pensar que el oro que hay ahí abajo valía más que esas treinta y tres vidas?. Hace dos días nadie. ¿Y hoy? ¿cuántas vidas se están poniendo en peligro en este momento para extraer ese oro?. ¿Cuántas vidas dependen de esos millones de litros de agua potable que se envenenan con cianuro?.

No voy a detallar todas las formas en que se contamina y se desperdicia el agua. No voy a enumerar todas las consecuencias de esa contaminación. Hay tantas personas haciéndolo; hay tantas ONGs trabajando en eso, mejor informadas que yo. Sólo quiero que recordemos que el agua es vida y no podemos tomarla con levedad. ¿Porqué debatimos acaloradamente sobre la eutanasia, sobre la despenalización del aborto o la pena de muerte, pero no sobre cómo las empresas, gobiernos e individuos dan uso al agua?.

Hay personas muriendo de sed hoy, ahora. No estamos hablando a futuro, aunque también debiéramos hacerlo. Hay personas a las que se les niega lo más esencial: la vida.

Enlaces útiles:

www.water.org

Blog Action Day 2010

Greenpeace Argentina: agua



Y queriendo volver a la fuente de este blog confieso que, a mí, personalmente, el agua me da paz. Oír a la lluvia mojándolo todo. Ver la corriente ovillarse una y otra vez. Sentir el agua pasando entre mis manos y el suspiro de la ola llegando a mis pies . Beber hasta saciar mi sed. Dejarme mecer por el vaiven del agua. Son sensaciones que me dan paz. Y sólo encuentro paz donde hay verdad, donde puedo sentirme y ser verdadera. El agua me deja ser. ¿No es una hermosa obviedad?

Acá abajo les dejo un poema y un cuento.


El mar viene del mar
de Don Mario Benedetti.

El mar viene del mar
muere naciendo
simulacro de dios
baba del cielo

Viene del mar el mar
mar de sí mismo
desierto sin memoria
y sin olvido

el mar se lleva el mar
pero en la noche
las resacas no vuelven
al horizonte


Mizu (Agua de "Historias en la palma de la mano")
del maestro Yasunari Kawabata


Apenas la mujer llegó de su pueblo desde Japón para casarse, al hombre lo transfirieron a una estación de observación metereológica en la cadena de montañas de Hsing-an en Manchuria. Lo que más sorprendió a la mujer fue que una lata de aceite llena de agua- un agua turbia y sucia- costara siete sen. Sólo imaginar que con ella tendría que enjuagarse la boca o lavar el arroz le daba náuseas. En seis meses, las sábanas y la ropa interior se habían amarilleado. Y, para empeorar las cosas, en diciembre el pozo se congeló hasta la superficie. Los peones les traían bloques de hielo de algún lugar, y ella los usaba alguna que otra vez para un baño, después de largos preparativos. No era éste un lugar para despilfarros. ¡Qué bendición calentar sus entumecidos huesos! Recordó el baño en su hogar como si se tratara de un sueño imposible. La toalla blanca en la mano, sumergida hasta los hombros en el agua caliente que embellecía sus brazos y piernas.
-Disculpe, pero ¿no le habrá quedado un poco de agua?, ¿me podría prestar un poquito?- una vecina apareció, cargando una botella de arcilla.- Estoy lavando mis cacerolas por primera vez en mucho tiempo, me descuidé y usé toda la que tenía.
Ya no tenía agua, pero le ofreció un poco del té que había sobrado.
-No puedo esperar hasta la primavera para chapotear con mi lavado como a mí me gusta. Qué bueno sería poder salpicar un poco de agua- dijo la vecina.
La abundancia de agua pura era el anhelo de todos los nativos de Japón. La nieve derretida se hacía esperar. El agua derramada de una palangana y absorbida por la tierra. Los dientes de león brotando.
Invitó a su vecina a tomar un baño en su tina. Entonces el tren que iba hacia la frontera norte ingresó en el valle. Era tiempo de tener noticias sobre las condiciones en el frente de batalla en el sur.
-Qué grande- dijo la vecina con voz entusiasta disfrutando de su baño caliente.

Y lo era, desde la estación metereológica en el lejano norte donde trabajaba el marido de la mujer, hasta los cielos de los mares del Sur. Ése era el japón de aquellos días.
Cuando la mujer salió al frente de su casa, las flores congeladas que la niebla había formado en las diminutas ramitas del alerce estaban cayendo, se diría que como pétalos de cerezo. Y cuando elevó la vista, la perfección azul del cielo le recordó los mares de su tierra natal.